"Not all those who wander are lost."

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viernes, 5 de agosto de 2016

A ti

Aquí estoy otra vez, por fin, sentada frente a ti, y tengo que reconocer que te echaba de menos. Aunque tú no te lo creas, aunque sé que ha pasado mucho tiempo desde la última vez que vine a verte. Pero sabes que no te había olvidado, sabes que he añorado como nadie esa calma que me invade cada vez que me siento a mirarte.

A ti, que me recibes tantas veces enfadada. Que te revelas, te revuelves y te alzas contra todo demostrando que puedes ser y eres, cuando quieres, la más brava.

Pero echaba de menos sobre todo verte en calma. Ver cómo te meces relajada, como vas y vienes y susurras cosas que sólo se escuchan cerrando los ojos y dejándose acariciar por el mismo viento que te acerca con cuidado hasta la orilla, aunque tú después te empeñes en alejarte de nuevo.

Porque te echaba de menos así, como echas de menos al sol cuando se esconde a tu espalda, o a la última gaviota que antes de que acabe el día se posa sobre tu agua mientras le das de comer.

Y echaba de menos tu olor, tu brillo infinito, tu brisa cargada de sal que riza un poco más mi pelo y tiñe de oscuro mi piel cada vez que estoy contigo, mojándome en ti y observándote enredada en el enigma de poder ver dónde empiezas pero nunca donde acabas.

Y es que eres y serás siempre un misterio, el más bonito de todos, uno que me ata, me atrapa y me atrae para siempre hacia su orilla. Porque eres confidente, compañera y a veces, cuando la tormenta llega, decides ser enemiga. Pero sobre todo eres refugio de los que viven en ti, y la mejor vía de escape para los que, como yo, te tienen lejos pero nunca, aunque quisieran, podrían dejar de venir a contemplarte.

COSMIGONóN:


viernes, 1 de julio de 2016

Las despedidas



Si hay algo que odio por encima de todas las cosas, más que los domingos por la noche y los anuncios en la radio, son las despedidas.

Odio decir adiós. Y lo odio porque odio echar de menos. Odio esa sensación de vacío que te inunda cuando te toca despedirte de las personas que quieres. Despedirte de personas sabiendo, a veces, que no volverás a verlas. O sí, pero siendo consciente de que durante un periodo de tiempo más o menos largo, las vas a echar de menos.

Que te van a faltar, que estás obligado a vivir una temporada sin ellas a tu lado. Y es que a veces parece imposible, es tan fácil acostumbrarte a estar constantemente rodeado de las personas que quieres que ni te planteas que, en algún momento te va a tocar sobrevivir sin su compañía.

Pero llega ese momento, siempre llega. El momento de decir adiós. Y es que dicen los mayores que nunca somos conscientes de todo lo que tenemos hasta que lo perdemos, y no pueden tener más razón. Porque es ahí, en ese preciso instante en el que nos toca prescindir de una persona, cuando nos damos cuenta de lo muchísimo que completa nuestra vida y toda la falta que nos hace a nuestro lado.


Por eso, aunque odie las despedidas y siempre las vaya a odiar, puede que en realidad sean necesarias. Puede que nos ayuden a visualizar como sería nuestra vida si no tuviéramos a las personas que queremos a nuestro al rededor, y puede, también, que esto nos haga pararnos un segundo, darnos cuenta de lo enormemente afortunados que somos por poder contar con ellas, y dar simplemente gracias por tenerlas.

jueves, 16 de junio de 2016

También esto pasará


“Había un cuento sobre un poderoso emperador que convocó a los sabios y les pidió una frase que sirviese para todas las situaciones posibles. Tras meses de deliberaciones, los sabios se presentaron ante el emperador con una propuesta: «También esto pasará.» […] (Prólogo de la novela También esto pasará, de M. Busquets)

Leyendo este micro cuento en el prólogo de un gran libro, me doy cuenta una vez más de todo el poder que tiene la que ya era desde hace mucho mi frase favorita.

También esto pasará.

Y es que en las malas situaciones, cuando vivimos épocas de tristeza, angustia, cuando parece que todo se desmorona, siempre es fácil recurrir a la idea de que “no hay mal que dure cien años.” Pasará, esto también. Seguro que pasará.

Pero como bien descubrieron los sabios del emperador, puede que esta sea una frase para absolutamente todas las situaciones de la vida. Puede que en las épocas buenas también sea necesario poner los pies en la tierra y la mirada en el cielo para reconocer que sí: vendrán momentos peores.

Y disfrutar. Ser conscientes a cada minuto de que, aunque nos gustaría, es imposible que todo vaya bien eternamente. Así que tenemos la obligación de agarrarnos a todos los momentos felices como clavos ardiendo, y repetirnos otra vez que no durarán para siempre. Repetirnos que también pasarán, y exprimirlos con todas nuestras fuerzas. Aprender a disfrutar de cada momento alegre, cada buena noticia, cada día de sol.

Por que pasará. Y vendrán las nubes, y es entonces cuando desearemos retroceder en el tiempo, viajar a esos buenos momentos que nos arrepentimos de no haber disfrutado al máximo cuando pudimos.


Así que cada mañana, si te sonríe la vida recuerda devolverle la sonrisa por si mañana al viento le da por soplar en contra. Y el día que te levantes y ya no veas su sonrisa, ese día que sientas que te faltan los motivos para salir de la cama, aquí tienes el primero: también esto pasará.

sábado, 7 de mayo de 2016

Vosotros.

Vosotros. Sé que estáis ahí, os he visto muchas veces. Lo sabía incluso antes de conoceros, sin haber llegado a necesitaros. Lo sabía antes de haber tenido el privilegio inmerecido de veros actuar de cerca.
Vosotros. Sí, os he visto hacerlo. Os he visto hacerlo todos los días. He podido compartir con vosotros la inmensa satisfacción de tener una vida que se apaga en vuestras manos y lograr sacarla hacia delante.
Os he visto hacerlo muchas veces. Sonreír a pesar del cansancio, dejaros la piel por tantas personas que no conocéis, personas que yo llamo enfermos y vosotros, “mis pacientes”.
Y como vuestros, os he visto cuidarlos con la delicadeza con la que imagino trataréis a vuestros propios padres, hijos o abuelos. Os he visto mimarles, arroparles, y aunque en muchos casos pareciera imposible, os he visto curarles.
Os he visto caminar de un lado a otro de esa segunda casa que algunos llaman hospital, con vuestras batas blancas que os distinguen como lo más parecido a ángeles que tenemos aquí abajo, sujetando el busca con una mano y, con la otra, levantando del suelo el cuerpo y muchas veces el alma de tantos pacientes que ya no tienen nada más a lo que aferrarse.
Y no podrían estar en mejores manos. Porque os he visto repartir mucho más que tratamientos. Os he visto repartir alegría, ganas de vivir, y más importante, os he visto aportar esperanza. Ser ese rayo de luz gracias al que tantos han salido hacia delante.
Y eso, puedo decir porque lo he visto, que no se puede pagar. Porque he visto como vuestra mejor recompensa es la satisfacción del que va caminando por la calle sabiendo que ha salvado vidas con sus manos, y ha curado almas con sus palabras.
Y es que vosotros, que no queréis más reconocimientos, que actuáis todos los días ocultos tras ese muro infinito que es la puerta de un hospital, que separa nuestra realidad y la vuestra, sois y seréis siempre el mejor ejemplo de lo más bonito a lo que puede aspirar un ser humano.
Porque os he visto y puedo decir que sois y seréis siempre el mejor ejemplo de lo que siginifica dar, cada día, la vida por cuidar de los demás.

sábado, 23 de abril de 2016

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He vuelto a soñar contigo, y otro día más, desde que me desperté, parece que no puedo pensar en otra cosa. Te lo cuento porque sabes que en momentos raros del día me gusta explicarte las cosas que me pasan, algunas veces por sentir que aún me escuchas y otras (muchas) por pedirte algún favor.

Por eso te cuento, aunque tú ya lo sepas, que anoche viniste otra vez. Te lo cuento aún sabiendo que has sido tú el que ha querido pintar otra vez línea a línea tu cara en mi memoria por si ya no la recuerdo como siempre.

Te lo cuento para que sepas que ha vuelto a funcionar. Que estabas ahí, tal cual, como antes. Que he imaginado tu ropa, tus gafas, incluso juraría que me has dicho alguna de esas frases que aunque poco a poco voy olvidando, de vez en cuando vuelven y me traen tantos recuerdos que no puedo ni ordenarlos.

Has vuelto para volver a recordarme que te has ido. Para intentar devolverme a trocitos todo lo que se fue contigo, como si apareciendo de esta forma por mis sueños pudiéramos recuperar de golpe el tiempo perdido.

Pero no, no es suficiente. Nada, de hecho, va a ser suficiente nunca para que llegue a pensar que ya no te necesito. Para que deje de echar de menos esa forma de escuchar, esa paz en tu mirada y esas historias del cielo al que alguien quiso llevarte antes de tiempo.

Porque nada puede hacer que ya no quiera compartir cada alegría contigo. Que necesite que me consueles en cada desilusión. Que me tranquilices en cada enfado y me entiendas cuando nadie más lo hace.

Que nada va a hacer que deje de echarte de menos de esta forma: como nunca pensé que pudiera hacerlo, como se echan de menos las cosas que nunca imaginas que te vayan a faltar tan de repente.

Y ahora me encuentro así, teniendo que conformarme con saludarte en mis sueños una o dos veces al mes. Teniendo que reconocer que nunca será suficiente, y teniendo que pedirte que si es todo lo que me queda de ti, si es la única manera de que, aún sin ser verdad, pueda sentir que has vuelto, nunca dejes de venir a visitarme.









martes, 9 de febrero de 2016

Mi calma

Hace casi siete meses que llegó la calma. 

Justo cuando menos la buscaba, cuando menos esperaba que llegase. Simplemente me encontró. Y hace siete meses que supe que llegó para quedarse.

Reconozco que no era del todo como la esperaba, supongo que por eso me atrapó.

La calma, mi calma, medía más o menos metro ochenta y hacía chistes malos sólo para verme sonreír. Odiaba la zanahoria y los atascos y siempre repetía que las mujeres no sabemos aparcar, para cabrearme y poder reírse de mis intentos fallidos de retirarle la palabra.

Llegó justo cuando pensaba que no me quedaba nada por conocer, y me trajo mil canciones que nunca había escuchado, sensaciones que no conocía y un montón de historias para contarme después de un día duro.

Llegó para enseñarme lo que es la confianza. Tener que andar a veces a oscuras, hacer el camino a ciegas, y llegar a disfrutarlo. Y lo consiguió, y aprendí a avanzar con los ojos cerrados confiando en alguien que no fuera yo. Y a seguir confiando con el paso del tiempo.

Y me enseñó también a reírme de mi misma, a descubrir cosas en mi que hasta el momento no conocía, y que él sacaba de una en una haciéndome sentir que disfrutaba hasta el último de mis defectos.

Y llegó para hacerme ver que peli manta y sofá pueden ser el mejor de los planes, que fregar los platos puede convertirse en toda una aventura y que ningún momento es malo para un karaoke improvisado o un baile en pijama por el pasillo.

Porque la calma me enseñó que sí, puedo soportar un poco de desorden. Que puedo incluso llegar a hacerme fan de Harry Potter. Que no hace falta tenerlo todo bajo control. Me enseñó a pararme y respirar, a bajar el ritmo, a ser un poco más feliz. Y es que aunque llegó para ponerlo todo patas arriba, nunca había sentido que las cosas estuvieran más en su lugar. Nunca me había sentido más en calma.

Y ahora la calma me mira como si nunca hubiera visto nada parecido, me repite quince veces que todo va bien, me llama de madrugada cuando en la sexta copa quiere decirme que está pensando en mi, y me dice que me vaya a la cama si tengo que madrugar aunque eso signifique estar menos tiempo juntos.


Porque no se cansa de cuidarme cada día, de hacerme quererle hasta cuando le odio y de enseñarme con el tiempo que aunque podría, perfectamente, vivir sin él, lo único que tengo claro es que ya nunca querría hacerlo.

sábado, 30 de enero de 2016

Una vez más





Para. Siéntante, respira, y para. Sobre todo para.

Por si soy la única persona que te lo dice, por si pensabas seguir convenciéndote de que todo va bien.

Para.

Para de fingir, para de correr. Para de engañarte.

Para y, más importante, piensa. Párate un momento en tu sitio favorito, lejos del ruido de tu día a día, con esa canción que llevabas tanto tiempo sin escuchar. Siénta bien, ¿Verdad?

Para y vuelve a disfrutar. Piensa en ti, nada más que en ti cinco minutos. Bastará con eso. 

Abre una cerveza y mira lo bonito que está el cielo esta tarde. Despídete del sol que, un día más, dice adiós dándote en la cara mientras baja por el tejado de enfrente, esperando que algún día no estés muy ocupado y puedas mirar un rato el dibujo que deja sobre las nubes cuando se marcha. 

Para y sube el volumen. Olvídate de problemas, horarios y obligaciones. No pienses en nada más que en ti.

Piensa en qué pasaría si, durante un rato, no escuchas más pensamientos que los que te recuerdan lo mucho que te gusta el sonido que hace tu perro cuando quiere que le rasques, y las ganas que tienes de comer palomitas. Y lo mucho que llevas sin ir al cine.

Si no oyes otra cosa que a ti mismo pidiéndote que pares. Que bajes la velocidad. Que disfrutes de la vida. Que empieces a hacer con ella algo más que correr.

Pidiéndote que vuelvas a recordar lo que es vivir. Reírte a carcajadas. Bailar hasta que te duelan los pies. 

Así que para. Respira. Y cuando te invada la sensación de que algo no va bien, por una vez no la ignores. Escúchala atentamente, no la dejes escapar.
  
Porque, aunque quieras seguir corriendo sabes que, en el fondo, nunca ha dejado de sonar.

Y que en el fondo necesitas escucharla. 

Que necesitas oír esa voz que, una vez más, te pide que pares, respires y vuelvas, sólo por un rato, a disfrutar de la vida.