"Not all those who wander are lost."

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sábado, 14 de enero de 2017

La mayor suerte del mundo

Por fin anochece. Termina el día. Por fin.

Creí que lo estaba pensando, pero lo he dicho en voz alta. Lo he querido susurrar para mis adentros pero, en lugar de quedarse en mi cabeza, no he podido evitar que retumbara en las paredes de mi habitación como un suspiro cargado de rabia y frustración.

Por fin… Ha sido un día largo.

Abro mi portátil dispuesta a distraerme y a olvidar las últimas 24 horas, olvidar por un momento mi mala suerte y cuanto desearía en este instante ser cualquier otra persona…Alguien más afortunado.

Y de pronto, algo me choca. Me golpea como un tren a mil por hora y me deja unos segundos inmóvil frente al portátil. 

Y las veo, sonrientes, iluminando más que un fondo de pantalla. Con su piel envejecida por el tiempo y las desgracias, y su mirada profunda, intensa, sincera, pero sobre todo alegre. Siempre alegre. Alegre y agradecida.

Una foto que llevo viendo durante meses de la que, de pronto, no puedo apartar la vista. 

Tres mujeres. Tres historias. Tres sonrisas que me transportan en segundos a Calcuta, que me ponen la piel de gallina al sentir que estoy ahí, otra vez, con ellas. Sonriéndole de vuelta a sus sonrisas. Empapándome de sus ganas de vivir. Compartiendo un poco de su alegría. 

Esa alegría que mantienen intacta, que ha ganado a miedos, a sufrimiento y a miles de tempestades. Esa alegría que de pronto me hace sentirme ridícula con mis quejas y problemas, que no viene de otra parte que de la más profunda gratitud aún cuando parece que no tuvieran nada que celebrar.

Porque en esos momentos, de ellas aprendí que sí hay algo: siempre hay algo. Algo que pasa desapercibido, que no hace ruido, que no ves si no te paras a mirar. Algo como que estás vivo. Que tienes por delante una vida llena de oportunidades, y que tienes, sobre todo, la esperanza de saber que mañana será un nuevo día. Y que esta es y será siempre la mayor suerte del mundo, pero sólo para aquellos que se paren a apreciarla.

Y eso hicieron ellas, sin saberlo: me enseñaron nada menos que a apreciar, a agradecer, a sentirme, como ellas, profundamente afortunada solamente por el hecho de estar viva. Y puede que ese fuera el mayor regalo que me hicieran, y el más grande que nadie me vaya a hacer.

Vuelvo a abrir mi ordenador. Vuelvo a mirarlas y, sin poderlo controlar, sonrío. Y vuelven a mi mis problemas, se amontonan otra vez en mi cabeza, pero por una razón no puedo contenerme la sonrisa. 


Y es que puede que de pronto, al recordarlas, al mirarlas sonreír, me parezca que no tengo ni un motivo para no devolverles esta noche la mejor de mis sonrisas.




viernes, 30 de diciembre de 2016

Querido impostor

Me dirijo a ti esta noche para decirte algo que puede que te sorprenda. Una conclusión a la que, tras un tiempo de observarte, no me ha quedado más remedio que llegar. Y es que tú no eres un hombre. 

Esa es mi gran conclusión. Aunque por fuera lo parezcas, aunque reconozco que algunas veces, antes de escucharte hablar, incluso yo lo pensaba. Pero tú no eres un hombre.

Lo sé por que he visto muchos. Hombres de verdad, de los que se llaman a sí mismos hombre con orgullo, de los que seguro se avergonzarían de personas como tú.

Porque sé que tú no eres uno de ellos. Y no vayas a pensar que me equivoco, que soy sólo una chica despechada que odia a todos los hombres y que habla por hablar.

Pero no, no te confundas, te conozco. Y más de lo que quisiera. Por desgracia para mi, no han sido pocas las veces que te he escuchado hablar. Referirte a una mujer de maneras que me impiden, aunque quiera, compararte con algo ni parecido a lo que entiendo por un hombre.

Que he tenido que ver, no sin sentir una enorme repulsión que espero que te transmitan mis palabras, cómo tras faltar enormemente al respeto a cualquier chica (que, por si lo olvidas, podría fácilmente ser tu hermana), has hecho un gesto a tus amigos para que todos rieran contigo esa actitud más propia de un chimpancé que de cualquier ser humano. Y he observado, por sorpresa para mí, cómo seguían tu juego por no ser el bicho raro o salirse de la norma. Pues déjame que te diga que ellos, bajo mi punto de vista, no son ni un poco más hombres que tú.

Por eso te repito que lo siento, no lo creo. Tú no puedes ser un hombre. Y es que por más que lo intento, no he logrado verte nunca como alguien que merezca mi respeto. Quizás porque simplemente, nunca, ni una sola vez, te he visto dárselo a una mujer.

Sólo te he visto acomodarte en esa superioridad que piensas que te mereces por decir que eres un hombre, y concederte el derecho de tratar a las mujeres como si no fueran más que juguetes inventados para ti y tu diversión, que al final, después de un rato, puedes deshechar tranquilo e ir a buscar la siguiente. 

Pero ni si quiera eso es lo peor. Creo que son tus palabras, tu forma de opinar, referirte y comentar de las mujeres, tu forma de rebajarlas al nivel de un animal, lo que acaba de confirmar mi teoría de que ningún hombre, ningún hombre de verdad aceptaría escucharte y quedarse indiferente.

Y puede que seas eso, simplemente: un impostor. Que hayas hecho creer a todos que detrás de esa fachada se esconde realmente un hombre. Pero no, yo sé que no. Y sé que tú también lo sabes.

Así que con una enorme pena que sólo supera la vergüenza que me das, me despido deseándote que la vida te trate mejor de lo que mereces y que, acabes donde acabes, nunca nadie desde hoy te confunda por la calle con un hombre de verdad.


viernes, 5 de agosto de 2016

A ti

Aquí estoy otra vez, por fin, sentada frente a ti, y tengo que reconocer que te echaba de menos. Aunque tú no te lo creas, aunque sé que ha pasado mucho tiempo desde la última vez que vine a verte. Pero sabes que no te había olvidado, sabes que he añorado como nadie esa calma que me invade cada vez que me siento a mirarte.

A ti, que me recibes tantas veces enfadada. Que te revelas, te revuelves y te alzas contra todo demostrando que puedes ser y eres, cuando quieres, la más brava.

Pero echaba de menos sobre todo verte en calma. Ver cómo te meces relajada, como vas y vienes y susurras cosas que sólo se escuchan cerrando los ojos y dejándose acariciar por el mismo viento que te acerca con cuidado hasta la orilla, aunque tú después te empeñes en alejarte de nuevo.

Porque te echaba de menos así, como echas de menos al sol cuando se esconde a tu espalda, o a la última gaviota que antes de que acabe el día se posa sobre tu agua mientras le das de comer.

Y echaba de menos tu olor, tu brillo infinito, tu brisa cargada de sal que riza un poco más mi pelo y tiñe de oscuro mi piel cada vez que estoy contigo, mojándome en ti y observándote enredada en el enigma de poder ver dónde empiezas pero nunca donde acabas.

Y es que eres y serás siempre un misterio, el más bonito de todos, uno que me ata, me atrapa y me atrae para siempre hacia su orilla. Porque eres confidente, compañera y a veces, cuando la tormenta llega, decides ser enemiga. Pero sobre todo eres refugio de los que viven en ti, y la mejor vía de escape para los que, como yo, te tienen lejos pero nunca, aunque quisieran, podrían dejar de venir a contemplarte.

COSMIGONóN:


viernes, 1 de julio de 2016

Las despedidas



Si hay algo que odio por encima de todas las cosas, más que los domingos por la noche y los anuncios en la radio, son las despedidas.

Odio decir adiós. Y lo odio porque odio echar de menos. Odio esa sensación de vacío que te inunda cuando te toca despedirte de las personas que quieres. Despedirte de personas sabiendo, a veces, que no volverás a verlas. O sí, pero siendo consciente de que durante un periodo de tiempo más o menos largo, las vas a echar de menos.

Que te van a faltar, que estás obligado a vivir una temporada sin ellas a tu lado. Y es que a veces parece imposible, es tan fácil acostumbrarte a estar constantemente rodeado de las personas que quieres que ni te planteas que, en algún momento te va a tocar sobrevivir sin su compañía.

Pero llega ese momento, siempre llega. El momento de decir adiós. Y es que dicen los mayores que nunca somos conscientes de todo lo que tenemos hasta que lo perdemos, y no pueden tener más razón. Porque es ahí, en ese preciso instante en el que nos toca prescindir de una persona, cuando nos damos cuenta de lo muchísimo que completa nuestra vida y toda la falta que nos hace a nuestro lado.


Por eso, aunque odie las despedidas y siempre las vaya a odiar, puede que en realidad sean necesarias. Puede que nos ayuden a visualizar como sería nuestra vida si no tuviéramos a las personas que queremos a nuestro al rededor, y puede, también, que esto nos haga pararnos un segundo, darnos cuenta de lo enormemente afortunados que somos por poder contar con ellas, y dar simplemente gracias por tenerlas.

jueves, 16 de junio de 2016

También esto pasará


“Había un cuento sobre un poderoso emperador que convocó a los sabios y les pidió una frase que sirviese para todas las situaciones posibles. Tras meses de deliberaciones, los sabios se presentaron ante el emperador con una propuesta: «También esto pasará.» […] (Prólogo de la novela También esto pasará, de M. Busquets)

Leyendo este micro cuento en el prólogo de un gran libro, me doy cuenta una vez más de todo el poder que tiene la que ya era desde hace mucho mi frase favorita.

También esto pasará.

Y es que en las malas situaciones, cuando vivimos épocas de tristeza, angustia, cuando parece que todo se desmorona, siempre es fácil recurrir a la idea de que “no hay mal que dure cien años.” Pasará, esto también. Seguro que pasará.

Pero como bien descubrieron los sabios del emperador, puede que esta sea una frase para absolutamente todas las situaciones de la vida. Puede que en las épocas buenas también sea necesario poner los pies en la tierra y la mirada en el cielo para reconocer que sí: vendrán momentos peores.

Y disfrutar. Ser conscientes a cada minuto de que, aunque nos gustaría, es imposible que todo vaya bien eternamente. Así que tenemos la obligación de agarrarnos a todos los momentos felices como clavos ardiendo, y repetirnos otra vez que no durarán para siempre. Repetirnos que también pasarán, y exprimirlos con todas nuestras fuerzas. Aprender a disfrutar de cada momento alegre, cada buena noticia, cada día de sol.

Por que pasará. Y vendrán las nubes, y es entonces cuando desearemos retroceder en el tiempo, viajar a esos buenos momentos que nos arrepentimos de no haber disfrutado al máximo cuando pudimos.


Así que cada mañana, si te sonríe la vida recuerda devolverle la sonrisa por si mañana al viento le da por soplar en contra. Y el día que te levantes y ya no veas su sonrisa, ese día que sientas que te faltan los motivos para salir de la cama, aquí tienes el primero: también esto pasará.

sábado, 7 de mayo de 2016

Vosotros.

Vosotros. Sé que estáis ahí, os he visto muchas veces. Lo sabía incluso antes de conoceros, sin haber llegado a necesitaros. Lo sabía antes de haber tenido el privilegio inmerecido de veros actuar de cerca.
Vosotros. Sí, os he visto hacerlo. Os he visto hacerlo todos los días. He podido compartir con vosotros la inmensa satisfacción de tener una vida que se apaga en vuestras manos y lograr sacarla hacia delante.
Os he visto hacerlo muchas veces. Sonreír a pesar del cansancio, dejaros la piel por tantas personas que no conocéis, personas que yo llamo enfermos y vosotros, “mis pacientes”.
Y como vuestros, os he visto cuidarlos con la delicadeza con la que imagino trataréis a vuestros propios padres, hijos o abuelos. Os he visto mimarles, arroparles, y aunque en muchos casos pareciera imposible, os he visto curarles.
Os he visto caminar de un lado a otro de esa segunda casa que algunos llaman hospital, con vuestras batas blancas que os distinguen como lo más parecido a ángeles que tenemos aquí abajo, sujetando el busca con una mano y, con la otra, levantando del suelo el cuerpo y muchas veces el alma de tantos pacientes que ya no tienen nada más a lo que aferrarse.
Y no podrían estar en mejores manos. Porque os he visto repartir mucho más que tratamientos. Os he visto repartir alegría, ganas de vivir, y más importante, os he visto aportar esperanza. Ser ese rayo de luz gracias al que tantos han salido hacia delante.
Y eso, puedo decir porque lo he visto, que no se puede pagar. Porque he visto como vuestra mejor recompensa es la satisfacción del que va caminando por la calle sabiendo que ha salvado vidas con sus manos, y ha curado almas con sus palabras.
Y es que vosotros, que no queréis más reconocimientos, que actuáis todos los días ocultos tras ese muro infinito que es la puerta de un hospital, que separa nuestra realidad y la vuestra, sois y seréis siempre el mejor ejemplo de lo más bonito a lo que puede aspirar un ser humano.
Porque os he visto y puedo decir que sois y seréis siempre el mejor ejemplo de lo que siginifica dar, cada día, la vida por cuidar de los demás.

sábado, 23 de abril de 2016

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He vuelto a soñar contigo, y otro día más, desde que me desperté, parece que no puedo pensar en otra cosa. Te lo cuento porque sabes que en momentos raros del día me gusta explicarte las cosas que me pasan, algunas veces por sentir que aún me escuchas y otras (muchas) por pedirte algún favor.

Por eso te cuento, aunque tú ya lo sepas, que anoche viniste otra vez. Te lo cuento aún sabiendo que has sido tú el que ha querido pintar otra vez línea a línea tu cara en mi memoria por si ya no la recuerdo como siempre.

Te lo cuento para que sepas que ha vuelto a funcionar. Que estabas ahí, tal cual, como antes. Que he imaginado tu ropa, tus gafas, incluso juraría que me has dicho alguna de esas frases que aunque poco a poco voy olvidando, de vez en cuando vuelven y me traen tantos recuerdos que no puedo ni ordenarlos.

Has vuelto para volver a recordarme que te has ido. Para intentar devolverme a trocitos todo lo que se fue contigo, como si apareciendo de esta forma por mis sueños pudiéramos recuperar de golpe el tiempo perdido.

Pero no, no es suficiente. Nada, de hecho, va a ser suficiente nunca para que llegue a pensar que ya no te necesito. Para que deje de echar de menos esa forma de escuchar, esa paz en tu mirada y esas historias del cielo al que alguien quiso llevarte antes de tiempo.

Porque nada puede hacer que ya no quiera compartir cada alegría contigo. Que necesite que me consueles en cada desilusión. Que me tranquilices en cada enfado y me entiendas cuando nadie más lo hace.

Que nada va a hacer que deje de echarte de menos de esta forma: como nunca pensé que pudiera hacerlo, como se echan de menos las cosas que nunca imaginas que te vayan a faltar tan de repente.

Y ahora me encuentro así, teniendo que conformarme con saludarte en mis sueños una o dos veces al mes. Teniendo que reconocer que nunca será suficiente, y teniendo que pedirte que si es todo lo que me queda de ti, si es la única manera de que, aún sin ser verdad, pueda sentir que has vuelto, nunca dejes de venir a visitarme.